jueves, 24 de febrero de 2011

Salmo 62, 2-9


¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
Mi alma está sedienta de ti;
Mi carne tiene ansia de ti;
Como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te completaba en el santuario
Viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
Te  alabarán mis labios.

Toda mi vida  te bendeciré
Y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
Y mis labios te alabarán jubilosos.

En el leco me acuerdo de ti
Y velando medito en ti,
Porque fuiste mi auxilio,
Y a la sombra de tus alas canta con júbilo;
Mi alma está unida a ti,
Y tu diestra me sostiene.

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